21.6.06

Pertenencias

Se desgrana un hálito de luz
sobre el nido de las soledades,
se cierra la rosa de los vientos
en la noche monolítica

Hay amor despejado,
hay amor nervudo
arremolinándose en la sangre,
acallando el frío marmóreo
del retiro humano

Hay manos abiertas
para quien necesite manos,
hay palabras encendidas
que dan su calor
como verdad de fruto

Basta aceptar
para pertenecerles.

15.6.06

Oscuridad

Antesala (Eugenio Garcia ® 2006)

Naces cuando cerramos los ojos como una noche sin límite.
Naces pero eres el origen, la llama ciega que desde siempre palpitó.
Eres la verdad primera y última, el grado 0 de cuanto existe.
Por eso te tememos y poblamos tus dominios de infernales criaturas
y hacemos estallar la efervescencia de la luz en tus entrañas

En tiempos antiguos,
cuando Edison no inventaba aún la bombilla,
solo la lanza del fuego penetraba tus densidades
y vaciaba tu ojo opaco con su fulgor.
Ese fuego venía del sol por supuesto,
y de lejanas estrellas,
pero también de la traza contundente de un bólido
o de un rayo en el cielo desarmado.
A veces los marinos lo veían en sus mástiles
y le llamaban fuego de San Telmo.
Otras veces algunos incautos vieron su lumbre escapar de los sepulcros
y lo llamaron fuego fatuo.
Pero el fuego también surgía del vientre de la tierra
o del de una luciérnaga en noches de primavera.

En nuestros mitos Prometeo robo el fuego a los dioses
y por ello fue castigado.
Siempre los hombres consideraron que les eras nociva
y que debían combatirte.
Claro, eras la muerte misma y reinabas en el ataúd sellado.

Así, todo lo nefasto fue señalado con tu color
que no era uno.

13.6.06

Souvenir de Lorient

El fuego del mar (Eugenio García ® 2006)


Ces cornemuses sous la lune
Qui font danser la foule
Ces nuages qui s'épuisent
Lentement dans la pluie
Ce soleil qui tisse ses rayons à l'horizon
Ne valent pas ton amitié.

Mon cœur a caché
Toutes les larmes
que mes yeux ont bridé
Ma bouche n'a pas dit
Tout ce que mon âme sentait
Et tel un voyageur qui ratait son train
Je suis resté accablé, engourdi
Regardant comme tu t'éloignais.

Sans mots, sans regrets
Sans réponse
Je pars aussi
Le retour est incertain
La destinée imprécise
Mais, en voyant la mer au loin
Je pense à toi mon amie
Et je pleure enfin.

12.6.06

Tarde-noche

(Al verano que se ha eclipsado)

Era una tarde verde bajo un cielo celeste,
bóveda de lapislázuli volcada como un mar sereno.
En su cristal homogéneo
los árboles meditaban
y el viento los amaba

Yo, horizontal,
miraba su lento ondular,
el reventar de mansas olas en sus ramas.
Yo, ventana inmóvil sobre la tierra,
laguna ocular reflejando el tiempo,
miraba su paso en las sombras crecientes,
su andar imperceptible de minutero solar

Algunos pericos rasgaron el terso azul
e inmediatamente las heridas restañaron
recomponiendo la honda piel del aire
y del silencio

Cerré mis párpados,
entonces la noche cayó abrupta
como una jaula de petróleo
.

Co-lapso

Frágil cercanía de los cuerpos
paralelos en su soledad,
certeros del espacio común
donde se contienen atribulados,
cruzados de amores y odios
como espadas dolientes,
avocados a la fiebre del deseo
que no termina de fluir

Honda lejanía que nos une
en su abrazo melancólico
y nos canta al oído
su lenta balada de olvido

Colapso de la carne

en el tiempo.

11.6.06

Vuela la Lluvia

Juegos de lluvia (Eugenio García ® 2006)

Vuela la lluvia
Cabalga desbocada
Sobre la cresta del aire
Por la senda de los vientos

Vuela la lluvia
En la noche desarropada
Pariendo ríos
Inundando llamas

Vuela la lluvia
Como una campanada
Despeñada de los cielos

10.6.06

Las Sendas y el Caminante

Catchdream (Eugenio García © 2006)

El aire está preñado de huellas,
de milenarias cicatrices
que gimen con el viento.

En el polvo azaroso
rezuman viejas sendas
olvidadas del sol

Los mares mismos
guardan estelas espumosas
molidas por las olas

Hay miles de rutas
trazadas en el tiempo,
miles de caminos
transitados por recuerdos

Arden los pasos a cada paso,
cada lápida es adoquín,
cada encrucijada
un viejo dilema

En este laberinto de vidas
el universo conoce tu andar
y la única novedad
es que sos vos quien camina.

9.6.06

El Arquitecto y su Ciudad

Venecia sumergida (Eugenio García © 2006)

Soy arquitecto de una ciudad interior
Que diseño con luces y sombras
con sentimientos
Pensamientos
Palabras
Sonidos
Llantos
Sacramentos
Trivialidades
Caricias olvidadas
Glorias no aplaudidas
Desvelos adormecidos
Minutos petrificados
Esquinas tenues
gemas de tierra
Fuegos ejecutados
Rituales inorgánicos
Epístolas sobreseídas
Anhelos comunicantes
Trabajos quebrantados
Energías minusválidas
Amores amortajados
Nostalgias nevadas

Ciudad de nombres
Engarzados en estrellas
Ciudad maculada de avaricias
del molino gramático
Ciudad de paneles lunares
De charcas vaciadas
Por el tropel del tiempo
hecho discurso efímero
Relojería del exceso

Cuadrantes inconexos
Avenidas sin salida
Callejones abiertos al infinito
Veredas desvanecidas en el verbo
Rotondas de música agonizante

Criminalidad en todas las direcciones
Provocación de lo que se resiste a no ser
Y que se derrama en fraseos
Inutilidad del beneficio
Utilidad del artificio

Vomito de lenguaje
Bajo el cielo rugiente
Quimera taciturna
Ley de sonetos quebrantada

Algarabía sin planos
Puro designio del logos
Pero logos claudicado

Ciudad de jardines subterráneos
Donde el sol solo penetró como un arañazo
Plazoletas en la noche amedrentada

Ciudad de catacumbas vertiginosas
De iglesias empequeñecidas por su sombra
Magnificadas por el silencio sin fe
Y por la fe en el silencio

Ciudad de rincones similares a otros
Con sus monumentos y homenajes
Con sus salamandras inmóviles
En los resquicios de la poesía

Mareas de pobladores
Asolando el arenal hirviente de la nada
Oleada de sangre preservada

Ministerio de los ahogos
Coro de voces minerales
Sinfonía de trinos mudos
Asamblea de funestos malestares

Nauseabundo mercado
De ambiciones y visiones
Viaducto de góndolas hirientes
Venecia de canales secos

Puentes colgantes
Sobre el abismo del deseo
Catapultado y fusilado
Torreones de luz
Sótanos con ventiscas
Acueductos ondulantes
Circo de la amargura
Hipódromo de hipocampos
Astillero de naves incendiadas
Palacete del delirio
Cornisa transparente
Faro sumergido
Cúpula desenvainada

Ciudad amurallada de piel
Ciudad de gemidos
chasquidos
y susurros
Deshuesada y catatónica

Vitalidad cobrada
Aventura ignorada
Empresa inmóvil
Cifra arrepentida
Encrucijada opaca

Barriada otoñal
Suburbio de fugas
Caserío rumiante
Edificio de la ceguera
Cariátide orgiástica
Fachada evanescente

Nombres retumbando
Cuerpos masacrados
Cuerpos aglutinados
Más nombres y más cuerpos
Sacrificados a todas las causas

Soy el arquitecto fanático y deslumbrado
Que se niega a diseñar y colocar
Una la última piedra
En su ciudad dorada
Piedra angular
Lápida.

Cantizal

Suelo culminar la jornada
hundiendo mi manos vacías
en los huertos de la memoria,
removiendo y recogiendo
manojos de vida enterrada,
racimos cautivos de un tiempo
que no siendo más sigue estando,
mosaico de nieblas distantes
de las que surge un diamante,
los quilates de una mirada,
un juramento delicado
y puro como un simple lirio,
palabras dulces e ingenuas
dichas a la sombra de un beso,
atadas a una caricia,
palpitares enfurecidos
por el deseo agazapado,
y aún más allá de la bruma,
tardes ventosas y celestes
de mi infancia de porcelana,
copa de risas como llantos
de lágrimas almibaradas
infancia canto de oropéndola
infancia sabor a guayaba.

Tantas líneas de lo vivido
repujadas sobre la sangre
convergiendo ahora mismo,
en estos espejos que forjo,
en estos versos laminares
y quebradizos como espigas,
condenados al torbellino
de un péndulo que se desboca
hacia el tañido abismal.

Tras la sentencia de los vientos
una llanura de guijarros
mansa como un vuelo de águila
abre su senda al infinito,
horizonte ausente del tiempo
hacia donde voy envuelto
de esta carne como mortaja,
paradero inexorable
del recuerdo mudo y ciego.

La Caminante de Montmartre

Abrazo en la niebla (Eugenio García © 2006)

Cierta tarde de una fecha de la cual no tengo ya el recuerdo, llovía sobre Paris. Desde mi ventana en el sexto piso del N° 15 de la Rue de Cloÿs la precipitación semejaba un velo grisáceo cayendo vertical sobre los tejados de las buhardillas. Hacia el norte, donde comienza la llanura de Saint Denis, el fastuoso y vanguardista Stade De France era apenas una silueta espectral. Si miraba directamente hacia abajo, en dirección del café esquinero ubicado frente a mi edificio, podía ver la lona verde que servía de techo a la terraza completamente esponjada de agua.

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