31.7.07

Lo que revela la luz

Con lentitud de relojería...
el rectángulo de luz solar fue avanzado por el piso....
hasta iluminar la penumbra donde un tropel de hormigas negras le devoraban la vida a un escarabajo dorado.

En qué gran silencio esto ocurría.

17.7.07

Un Alto en Rocamadour

Algunos amigos nos habían desaconsejado ir a Rocamadour en nuestro periplo por Francia. “Demasiado turístico” dijeron. Para ellos esa circunstancia le restaba interés al sitio a pesar de que la leyenda cuente que el mismísimo Roldán, herido de muerte en la épica batalla de Rocevalles, lanzó al aire su espada Durandarte diciendo: “Donde caerá la espada, Rocamadour será”. Y si bien, a la manera de Excálibur, hay efectivamente una espada vieja y oxidada clavada en una pared rocosa a la entrada del santuario de la Virgen Negra de Rocamadour, le tomamos la palabra a los amigos y excluimos ese destino de nuestro itinerario turístico, aún si estábamos concientes de que pasaríamos por una ruta cercana.

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16.7.07

Arce

Rocamadour, 2007

11.7.07

9.7.07

Sombras de mariposa

Tu ibas adelante y yo caminaba detrás con la mirada puesta en tus pies. Me gustaba ver como a cada paso tuyo las mariposas se espantaban y se iban a revolotear sobre mi cabeza. Pero solo lograba percibir sus sombras negras jugueteando en el camino, jamás los colores de sus alas, porque arriba el sol era demasiado hiriente como para alzar la vista y observarlas de frente. Saber que las hacías volar me bastaba.

4.7.07

Los vencidos

Apenas se fueron los vencidos dio inicio la gran fiesta que habiamos organizado en secreto. Sacamos botellas de licores finos que habiamos ocultado bajo el piso; abrimos latas de manjares comprados en exclusivas tiendas; las potentes bocinas de la discomóvil arrendada rugieron con melodías a la moda y nos herimos la vista y el deseo con bailarinas orientales que hacían ondular lascivamente sus caderas al ritmo de nuestros palmoteos.

Estabamos contentísimos pretendiendo que los vencidos jamás se enterarían de que habíamos organizado semejante bacanal en el sitio que hasta entonces ellos habían ocupado en silencio. Pero nos engañamos. De un modo u otro los vencidos habían vuelto y ahora miraban el espectáculo por las ventanas con sus rostros desencajados pegados a los cristales biselados. En un principio tratamos de ignorarlos pero poco a poco un sentimiento de derrota se fue apoderando de nuestros corazones, hasta que finalmente ellos tomaron nuestro lugar y entonces nosotros, los vencidos, pudimos renovarnos culminando así el ciclo periódico de la transmigración que nos rige.