30.9.10

Bingo

Mejor que las oportunidades de quién quiere ser millonario… mejor que pegarse el gordo de navidad, mejor que joderse la vida trabajando como loco, mejor que atracar un banco y aún más sano que tener el insidioso poder del Rey Midas… Simplemente vaya a un mercado de pulgas, cómprese por 45 dólares una caja de viejos negativos y rece porque sean, por ejemplo, de un tal… Amsel Adams. Le sucedió a un californiano común y corriente (bueno, quizás nunca rezó porque ni sabía lo que compraba) y hoy esos negativos han sido valorados por ¡200 millones de dólares! ¡Bingo mayúsculo! (la noticia no es completamente nueva pero quería referirla y se me había ido quedando en el tintero)

Pero si no cree tener esa suerte, entonces cómpreme usted al menos una fotito a buen precio… nunca se sabe… quizás dentro de unos años se coticen bien.. :)

29.9.10

Calificativos

Un fotógrafo conocido asevera en una entrevista que leí un día de estos que la fotografía es un “lenguaje pobre, perezoso y superficial” y que por eso él se ve obligado a acompañar sus fotografías con abundantes textos. Yo no creo que el lenguaje fotográfico sea necesariamente así. Lo que me parece es que para cierto tipo de trabajos podría haber una inadecuación entre el tema y el instrumento elegido para representarlo o tratarlo. Esto es especialmente cierto cuando la fotografía pretende ser muy explicativa en un sentido documental o bien demasiado conceptual. Pero hay toda una esfera de la práctica fotográfica que no requiere de ningún texto que venga a explicitar su mensaje, porque sus recursos expresivos, que son muchos, están empleados con plenitud y de modo autosuficiente. En todo caso, los que a menudo son "pobres, perezosos y superficiales" somos nosotros los fotógrafos.

27.9.10

Milagros

Veo en ciertos foros fotográficos tanta gente frustrada porque tal o tal compañía no satisface al ritmo que ellos quisieran sus ansias de nuevos equipos, que mucho me temo que en el fondo lo que esto delata, son sus propias carencias como fotógrafos y por eso esperan con impaciencia que tal o tal constructor saque al mercado la cámara milagrosa, el instrumento mágico que tomará por ellos la foto perfecta que no han sabido lograr con equipos más modestos.

Pero no hacen falta cámaras tecnológicamente más capaces (ya capacidad hay de sobra, aunque por supuesto siempre pueden mejorarse algunas cosas), sino más trabajo por parte de los fotógrafos y, en última instancia, hacen falta fotógrafos más interesantes. Es siempre el buen fotógrafo el verdadero milagro.

23.9.10

La piel de la imagen

A mí la imagen me gusta tocarla y olerla, mirar a través de ella, ver en negativo su transparencia desnuda… Imagino y siento que es como un cristal precioso que exploro a contraluz con una lupa pegada al ojo como lo haría un joyero. Me encanta la textura iridiscente de los plata reducida que traduce el poder de viejas ópticas y que es como la huella en miniatura de lo que un día fueron vibraciones luminosas. Disfruto tanto de esta aproximación física a las imágenes que la fotografía digital ha hecho imposible al convertirla en un fenómeno puramente electrónico, que lamentaré mucho el día en que desaparezca el celuloide... Sin duda lloraré.

22.9.10

Poder de registro

Lo que fotografío no es mi visión porque de lo poco que veo casi nada queda registrado en mi memoria. Lo que fotografío es lo que la cámara ve y yo me siento tuerto a su lado.

(éste era el matiz del que hablaba en otra entrada. Puede parecer una contradicción con lo que dije en esa oportunidad, pero no lo considero así porque aquella vez me refería a cómo ciertas lentes traducían mejor mi visión -en lo referente a fidelidad óptica-, mientras que ahora me estoy refiriendo a lo que queda registrado físicamente en una fotografía y su relación con la memoria subjetiva, independientemente del tipo de ópticas concretas que esté utilizando)

20.9.10

Ciega cobardía

A veces fotografío para ver luego con calma lo que no me atrevo a mirar bien de frente, es decir, a veces fotografío casi a ciegas y por cobardía.

18.9.10

Profesionales

Ser profesional de la fotografía no significa necesariamente dotarse del mejor equipo (el más “profesional”), sino saber tomar las fotos sacando el máximo provecho de lo que se tenga a mano y logrando llevar el resultado a niveles que no tengan nada que envidiarle a ningún otro (dadas ciertas condiciones o supuestos... por ejemplo, comparando el impacto de las imágenes en el espectador, no su resolución). Además, ser profesional de la fotografía tampoco significa necesariamente ser un artista de la fotografía. Lo que le da status artístico a una imagen es toda la parafernalia mental y la estrategia de producción que ponemos en marcha cuando la realizamos, no la calidad del equipo que utilizamos ni tampoco nuestra situación profesional. El video de la entrada tras anterior me parece un buen ejemplo de todo ello.

17.9.10

De acuerdo

Para mí la mejor tecnología no es la que nos hace más eficientes, sino la que nos hace más felices” Genevieve Bell, antropóloga en tecnología (Es directora de interactividad y experiencia en Intel y fue nombrada una de las 100 personas más creativas en los negocios -aunque no sé cómo hacen para medir eso-).

16.9.10

1 fpd

Ahora que hay buenas cámaras para el gran público que hacen excelentes fotos a cadencias de 10 fps (10 “frames per second”… diez tomas por segundo, es decir, una buena metralleta), el mundo corre al abismo de una nefasta sobrepoblación fotográfica de la cual solo un “Big Brother” sería capaz de librarnos, lo que obviamente tampoco es una solución para aspirar a un mundo fotográficamente sostenible y equilibrado. Pero imaginemos, al menos un instante, el nombre de la ley que impondría un severo control de natalidad en esta orgía de imágenes: se llamaría “Ley 1 fpd” y obligaría a los fotógrafos a limitarse a una toma por día ("one frame per day"), lo cual seguramente nos llevaría a ser sumamente rigurosos con nuestras escogencias sobre qué fotografiar y también muy vigilantes con respecto a cómo hacerlo.

Pienso que un buen modo de alcanzar ese disciplina sin necesidad de que ningún malvado “Big Brother” venga a sojuzgarnos con ordenanzas tiránicas, sería practicar con esta otra forma de inofensivo "gran hermano", y que a mí personalmente me parece una genialidad:


13.9.10

Ética del robo

Después de lo que he narrado en las tres entradas anteriores, no puedo olvidar las palabras de Cartier-Bresson quien, al referirse a la foto callejera y a la captura sin permiso de la imagen de las personas, decía algo así: "es robar para dar". No se trata pues de hacer imágenes para quedarse con ellas, sino para compartir con los demás una visión. Y eso será tanto más valioso y justificado cuanto mayor sea el talento del fotógrafo callejero.

10.9.10

Disparar e irse... pero muy lejos (3- Sana rebeldía o pura malacrianza)

Pero está bien, suponiendo que nada de lo anterior funcione ya sea porque soy muy mal abogado o porque los jueces son muy estrictos o bien ciegos, o la legislación muy tajante, aún tengo una as bajo la manga: el declararme “objetor de consciencia por razones religiosas, filosóficas y artísticas” (solo que a la inversa, porque en vez de ser una razón para no ir a la "guerra" más bien me lanza a ella... casi una guerra santa pues). Pero antes de pedir la absolución confesaré todo ante el juez… Admitiré que soy un “serial killer” haciendo fotos callejeras y en todo caso a menudo infrinjo la ley descaradamente al publicarlas en Flicker, lo cual no tiene otro propósito que el de dar a conocer mi obra que es un fin en sí y no, como podría suceder en una publicidad, un medio para comercializar otro producto o servicio. Para algunos retratos posados como es lógico sí pido permiso, aunque claro, es un asunto verbal y en realidad el permiso es para hacer la foto, sin abordar el tema de la publicación y mucho menos el de su posible comercialización como fotografía artística. Para las fotos espontáneas obviamente no pido ninguna autorización. Y no lo hago no solo porque entonces casi no podría hacer ninguna fotografía callejera, siendo entonces imposible documentar una parte importante de la realidad que nos circunda, sino también -y sobre todo- porque en mi fuero más íntimo estoy convencido de que el famoso derecho de imagen se fundamenta en una base conceptual y ontológica errónea: Sostengo contra viento, marea, juiciosas doctrinas de serios jurisconsultos, legislaciones restrictivas y turistas mexicanas fumadoras de habanos, que la imagen no pertenece a las personas sino a quien las ve y que se ha hecho una amalgama excesiva con el asunto del derecho a la intimidad. Mi propia imagen me pertenece solamente en el tanto me esté mirando en un espejo o me haga un autorretrato, de otro modo todo lo que la gente ve en mí no me pertenece en lo más mínimo. Además, la fijación de esa imagen gracias a la invención técnica que constituye la fotografía, no es sino un modo de dar una dimensión material a esa imagen que no le pertenece al sujeto fotografiado, sino al fotógrafo que la captura. Y si nuestra imagen no es nuestra, sino de otros… ¿En qué se fundamenta realmente el “derecho a la imagen”, sino en una excresencia del ego que se molesta porque la luz que se reflejó en su cuerpo fue capturada por alguien más? La doctrina jurídica dice que es en el “derecho a la intimidad”, pero la intimidad de la piel para afuera y en la calle me parece una pura entelequia. Resulta curioso que si usted es un personaje público, entonces ahí no tiene derecho a que su imagen sea protegida del mismo modo que si es "perico de los palotes". ¿Es solo en virtud de su estatus o porque en el fondo la doctrina del derecho a la intimidad no es tan consistente en lo que a la imagen se refiere? Podría dar incluso un paso todavía más allá con respecto al cual sé de previo que pocos me seguirán, si es que estuvieron de acuerdo con lo anterior: Estoy convencido, como budista consecuente que pretendo ser, de que en realidad la imagen no le pertenece a nadie en particular, sino al todo que formamos unos y otros. Si se comprendiera eso desde su raíz, nadie andaría preocupándose por el uso de su imagen, porque por otra parte nadie tendría intereses ilegítimos con respecto a ella y todos celebrarían lo que es invaluable en una fotografía acertada: la belleza de la captura, ese momento de luz irrepetible.

Sea como sea, el incidente con la turista no va a desmotivarme con respecto a la fotografía callejera. Todo lo contrario, seguiré haciéndola pero con mayor cuidado. Sencillamente me servirá de lección para afinar la lección de Cartier-Bresson… sí, disparar e irse cuanto antes… pero hacerlo lo más lejos posible (y en última instancia a otro país, si es que ya en el nuestro no se puede). De hecho después del incidente tiré como otras cinco fotos, siempre de personas en la calle. En cuanto a la foto de la turista… bueno… me faltó cancha. Luego pensé que debí haberle dado mi tarjeta para que viera mi trabajo, y que me mandara luego una dirección dónde enviarle su dichosa foto con el puro, porque si bien no es extraordinaria, creo que le hubiera gustado. Así que finalmente no pienso destruirla. Tras serena reflexión y a pesar de lo que le dije, encuentro que realmente no tengo por qué hacerlo, sobre todo porque ella me impidió hacer otra foto y se podría considerar que estamos a mano. Eso sí, espero publicarla tal vez dentro de unos cuarenta años, suponiendo que tanto la foto como yo lleguemos a edades avanzadas. Además, rezaré para que la turista pueda verla.

Quizás llegue entonces a mirar con nostalgia su juventud marchita y si su memoria aún se mantiene, tal vez se acuerde, viendo la foto, de aquel habano que se fumó en un mercado de artesanías en Costa Rica y de un fotógrafo impertinente que le tomó una foto sin su permiso y que para colmo no cumplió cuando dijo que destruiría el negativo… Estoy seguro de que la visión de esa imagen en blanco y negro realizará el milagro de que la turista perdone al fotógrafo y hasta de que le tenga cierto cariño por un delito que bien mirado desde las cumbres de sabiduría a las que -se supone- lo eleva a uno la edad, es casi un inofensivo juego que no hay que tomarse tan en serio. Ahora bien, ya si se enoja feo y hace un nuevo berrinche porque se publicó la foto, pues la verdad me daría pereza y estaría dispuesto a retirarla y pedirle disculpas de nuevo, porque a esas alturas de la vida ninguna foto o nada que venga a quitarle a uno la tranquilidad vale realmente la pena.

Pero déjenme decirles que el mal karma que eventualmente me pude haber ganado -y me podría aún ganar con todo esto-, considero que ya está saldado de alguna manera, porque unos minutos después de lo que he narrado, un policía de tránsito le quitó las placas a mi carro por haberlo estacionado en raya amarilla (¡un sábado!). Resultado: 200 dólares de multa y 10 puntos menos en el permiso de conducir de este fotógrafo abusivo y chofer irresponsable. Ahora ya sé lo que sentía Tres Patines cuando el tremendo juez de la tremenda corte lo multaba.

7.9.10

Disparar e irse... pero muy lejos (2-Mi alegato)

Cuando hablé con la turista, la verdad es que no me acordaba mucho de lo que había aprendido en las aulas de la facultad de derecho hace ya tantos años y solo recordaba vagamente que, según la legislación de nuestro país, había una excepción al derecho de imagen cuando se tratara de fotos tomadas en espacios públicos. Al regresar a la casa, busqué información en internet y me encontré una reciente tesis sobre el tema que me leí en sus partes más relevantes. Gracias ese estudio hoy tengo el tema más claro. El derecho de imagen en Costa Rica se establece y regula a través de las siguientes fuentes normativas:

A nivel constitucional: No hay protección constitucional directa. Solamente indirecta a través de una interpretación que entiende que el derecho a la intimidad del que habla el artículo 24 de la Constitución, incluye el derecho de imagen.

A nivel supra legal: Costa Rica ha firmado convenciones internacionales que protegen el derecho de imagen.

A nivel legal: Los artículos 47 y 48 del Código Civil consagran el derecho de imagen y sus excepciones.

A nivel jurisprudencial: Hay una serie de fallos de las cortes de justicia que establecen los alcances que tiene el derecho de imagen en nuestro país.

Lo que todas esas fuentes normativas establecen se puede resumir del siguiente modo, tal como fue lo hizo la Sala Constitucional en una sentencia:

1) Existe un derecho fundamental a la imagen derivado del derecho a la intimidad

2) Este derecho consiste en que no se puede captar, reproducir ni exponer la imagen de una persona sin su consentimiento.

3) La regla del consentimiento derechohabiente admite varias excepciones a saber:

a)las fundamentadas en los límites del principio de autonomía de la voluntad enunciadas en el artículo 28 de la Constitución Política -la moral, el orden público, el perjuicio a tercero- que evidentemente no pueden invocarse en abstracto, sino que deben atarse a una situación concreta, dándoles contenido,

b) La notoriedad de la persona o la función pública que desempeñe,

c) Las necesidades de justicia o de policía, y

d) Cuando tal reproducción se relacione con hechos, acontecimientos o ceremonias de interés público o que tengan lugar en público”.

El Código Civil, por su parte, establece con precisión dos excepciones al derecho de imagen que a mí me interesan particularmente:

I) Cuando medien fines científicos, didácticos y culturales, donde prevalece el interés general o el bien colectivo superior.

II) La concurrencia en lugares públicos, siempre que lo que se capte sea el espacio abierto y la imagen de la persona sea incluida por la coincidencia de la concurrencia en ese lugar y ese momento y no por sus características.

También la sala constitucional ha destacado esto: “para que una persona pueda invocar la vulneración a este derecho, debe existir una plena identificación de la persona presuntamente perjudicada, sea por su nombre o por su imagen”.

(aclaro que todos estos datos provienen de la tesis, así que si existiera alguna imprecisión habría que achacársela a la misma)

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Así las cosas, la turista que echaba humo (y no solo el de su habano) pudo efectivamente haberme demandado, pero de haberlo hecho seguramente habría sido algo bastante raro y quizás hasta novedoso, porque en nuestro país nadie suele armar un bochinche por salir en una foto callejera que no tiene ningún fin publicitario, sino uno puramente documental y artístico (es decir, cultural), y mucho menos si está ejecutada por un fotógrafo desconocido. Por otra parte, yo podría alegar que estaba fotografiando el espacio del mercado de artesanías y la turista quedó plasmada en la foto por coincidencia (aunque claro, semejante mentirilla sería solo para propósitos de defensa, exactamente como lo suelen hacer todos los abogados, que son o somos -aunque yo solo me gradué de bachiller en leyes- el gremio más mañoso sobre la faz de la tierra después de los políticos y seguido muy de cerca por el que integran ciertos fotógrafos). Además, para legitimar el estatus cultural del género fotográfico callejero, podría invocar ante el tribunal la importante doctrina técnica que existe (por ejemplo, la elaborada por el fotógrafo Chris Weeks) que conceptualiza la foto callejera como una forma de documentar parte de la condición humana (precisamente la que se manifiesta en los espacios públicos), lo que podría ser interpretado en última instancia como un “fin cultural donde prevalece un bien colectivo superior”. Una legislación que resultaría interesante a ese respecto como referente interpretativo es la alemana, la cual dispone que una foto puede ser publicada, aunque no haya sido encargada, “si sirve un interés artístico elevado”. Y por supuesto que ilustraría mi defensa con un diaporama compuesto por fotos de los grandes maestros(as) del género callejero o “street” como Cartier-Bresson, Ronis, Doisneau, Klein, Arbus, Eisenstaedt entre otros (as), piezas que hoy están en importantes museos alrededor del mundo y valen, sino miles, millones de dólares. Evidentemente ninguno de ellos pidió permiso para fotografiar a muchas de las personas que aparece en sus hoy célebres imágenes. Ahora bien, en éste género lo que se busca es captar a las personas en una situación que siempre es una particular situación geométrica o bien de luz o bien por su relación con otro elemento de la composición. Poco interesa al fotógrafo callejero el retrato en sí… es más, a menudo ni se reconocen los rasgos de una persona. La fotografía callejera es pues un arte de ver y registrar lo que ocurre en sitios públicos y no un arte de retratistas. Un verdadero fotógrafo callejero no se mete en la intimidad de un hogar, no persigue ni agrede con su cámara (como frecuentemente si ocurre con los paparazzi), no daña la vista con un flashazo, no manipula la imagen, no la desnaturaliza, no la vende a la publicidad, y trata de hacer todo de la forma más discreta posible… indolora si se quiere. Y en ciertos casos, si alguien se da cuenta de que ha sido fotografiado (como me ocurrió con la turista), ya ese solo hecho representa un pequeño fracaso para el fotógrafo callejero.

Por último redondearía mi alegato diciendo que como fotógrafo tengo derecho a la libertad de expresión y que el medio que utilizo para expresarme es precisamente la cámara, utilizada como instrumento de naturaleza artística. Esa sería pues una aplicación del límite al principio de autonomía de la voluntad configurado por el “perjuicio a un tercero” tal como lo establece la Constitución. Si yo me expreso a través de la fotografía con una intención artística ¿En qué medida un reclamo de otra persona no me estaría impidiendo esa expresión? ¿Por qué se le permitiría por ejemplo a los caricaturistas -que tantas veces se burlan de la gente- y se la negaría a los fotógrafos que no hacen más que fotografiar lo visible, tal como es, de modo objetivo, sin deformación o manipulación de ningún tipo? ¿Por qué se le negaría sobre todo a un fotógrafo que nunca ha buscado hacer fotos amarillistas, sino solo aquellas que tengan una intención dignificante o al menos neutra hacia las personas? Y para concluir mi alegato diría esto: “Su señoría… tal como está concebido el derecho a la imagen es algo decimonónico, que fue desarrollado en una época en que el mundo era muy diferente y mucho antes de la fundación de un verdadero género artístico como lo es la foto callejera…. Ya hablando en serio su señoría: ¿Qué sentido tiene ese derecho -del modo en que está formulado- en un mundo donde cada teléfono celular integra una cámara fotográfica y la gente está constantemente fotografiado otras personas, con o sin acuerdo y subiendo esas imágenes a las redes sociales? ¿Qué sentido tiene en una época donde hay miles de cámaras de seguridad públicas y privadas vigilando cada uno de nuestros movimientos y grabándonos sin nuestro consentimiento en cuasi permanencia? En mi humilde opinión, su señoría, este es un asunto que debe ser reinterpretado a la luz de nuestra época y del reconocimiento de la foto callejera como una expresión artística de mucho valor cultural, ya es tiempo” (seguirá).

4.9.10

Disparar e irse... pero muy lejos (1-El humo/r de la turista)

El fin de semana pasado me ocurrió algo que nunca me había ocurrido hasta el momento. Estaba haciendo fotografías callejeras en un mercado de artesanías cuando observé una muchacha muy joven fumando un grueso habano. La escena me llamó la atención por lo particular que resultaba y decidí fotografiarla. Luego de esperar un rato a que ella estuviera en un ángulo propicio, levanté mi cámara y disparé. Todo ocurrió muy rápido porque tenía la cámara parametrada para hacer la toma de ese modo. Yo no vi que la muchacha se diera cuenta, pero aún así decidí hacer lo que recomendaba Cartier-Bresson: “disparar e irse cuanto antes”. Pero tampoco fui muy lejos, me alejé quizás unos 50 metros en dirección de una plaza. Ahí me detuve a observar otra escena que me llamó mucho la atención y cuando ya me disponía a fotografiarla, para mi gran sorpresa la muchacha del habano llegó por mis espaldas y me interrumpió preguntándome si podía ver la foto que acaba de hacerle. Le dije que lamentablemente no porque la cámara era analógica y entonces ella, sensiblemente disgustada, comenzó a decirme que me podía demandar por haberle hecho una foto sin su permiso. Yo le dije que no creía que eso fuera posible, puesto que estaba en un lugar público, pero aún así siguió con una letanía de reclamos diciéndome que había hecho muy mal, que debí haberle pedido permiso, que si se lo hubiera pedido habría aceptado con gusto. Comencé a sentirme como un paparazzi arrepentido mientras le explicaba que las fotos posadas a menudo no eran las mejores. Ella me dijo que sabía eso porque también sabía de fotografía, pero que de todas formas debí haberle pedido permiso e insistió en que tenía que destruir esa foto so pena de demanda. Ella tenía un acento extraño (como de gringa sin serlo completamente) y cuando picado por la curiosidad le pregunté de dónde era, ella me respondió que mexicana (raro… "será mexicana chicana” pensé sin ninguna intención peyorativa). Le dije entonces que en cada país la legislación era diferente y que en Costa Rica yo no creía que fuera posible establecer una demanda por esa causa. Como siguió insistiendo con lo del permiso, le pregunté entonces si ella esperaba que yo sacara el rollo de la cámara destruyendo igualmente las diez fotos anteriores que había hecho. Sin el menor asomo de compasión por mi trabajo me dijo que sí. Para quitarme de encima a la ofendida y seguir con mi trabajo (porque ya estaba perdiendo la estupenda escena que había visto), terminé disculpándome y diciéndole que en cuanto revelara la película destruiría su foto, pero que no esperara que yo fuera a asesinar mis otras fotos. Entonces ella dio media vuelta y se fue, pero ya era demasiado tarde: la escena que quería fotografiar ya no estaba ahí… la había perdido por la distracción que me causó la turista. Fue "una por otra" como suele suceder en esos casos. Sin embargo, el incidente me dejó pensando en el llamado “derecho de imagen”, pero dejo para el siguiente post mis reflexiones al respecto.

3.9.10

Huella

Las lentes como las personas tienen personalidad propia, una marca que algunos llaman su “huella”. Al igual de lo que ocurre con nuestros congéneres, trabajando con esas lentes se les llega a conocer bastante bien y logramos determinar cómo se desempeñan en diferentes tareas. La evolución técnica ha tendido siempre a presentar lentes cada vez más rápidos, de mayor resolución, mejor contraste, menos aberraciones, minimizando defectos varios y posibilitando funciones cada vez más avanzadas, tales como el motor para autofoco, el descentramiento o bien la posibilidad de enfocar a distancias cada vez más cortas o alcanzar focales más largas, entre otras. Sin embargo, es una evolución que en el fondo ha tendido a borrar la personalidad de las lentes. Por otra parte, el advenimiento de la fotografía digital, con su búsqueda de cada vez mayor resolución y limpieza en la imagen, sería como el otro pilar sobre el cual se ha diseñado y construido una plataforma tecnológico-estética para la fotografía contemporánea que tiene por valor cardinal la asepticidad... la pureza (porque no hay que olvidar el enorme impacto estético que tiene la tecnología en la practica artística fotográfica). Ciertamente para muchos fotógrafos el contar con este tipo de lentes que caminen sin dejar huella… casi que vuelen sobre un soporte digital que tampoco la deja, es lo ideal, porque les da luego la posibilidad de manipular la imagen con mayor libertad para conseguir algún efecto estético particular y de forma muy controlada, o bien de dejarla tal cual porque eso es lo que les place. Pero ello no quiere decir que esa libertad sea siempre lo más deseable (Esto sin contar con que en el fondo esa “pureza” es también, paradójicamente, una forma de dejar una marca que a mí en lo personal no me gusta en muchas fotos digitales). A menudo la huella de un lente puede ser usada con propósitos expresivos desde la toma: un “bokeh” particular, un viñeteo, un “glow”, una aberración esférica... Casi cualquier defecto o limitación de un lente puede emplearse para eventuales propósitos expresivos y entre mejor conozcamos como trabajan nuestros lentes en diferentes circunstancias, más seremos capaces de sacar provecho de sus características. Algunas de ellas se pueden imitar fácilmente mediante la aplicación de ciertos filtros de procesado informático en el caso de la fotografía digital, pero otros son difícilmente simulables por esos medios. Y si deseamos circunscribirnos de forma exclusiva al ámbito de la fotografía analógica (como natural y legítimamente puede ser deseado), entonces no contaríamos con esas herramientas.

A mí personalmente me gustan mucho algunos lentes de huella antigua como el Elmar y el Summitar de Leitz. Y los uso no tanto para expresar la nostalgia por la época en que la fotografía era “otra cosa” o para “hacer retro por hacer retro”, sino para aprovechar la particular sensación que crea esa huella como un recurso expresivo que manifieste quizás cierta melancolía que siento yo ante algunas escenas contemporáneas (especialmente callejeras), que al instante siguiente de tomar la foto son ya cosa del pasado. Igual podría decir del uso que hago, en parte, del blanco y negro analógico, porque ambos recursos (lentes con personalidad fuerte y blanco y negro analógico) se complementan maravillosamente bien. La misma escena fotografiada con una lente moderna, en digital y en colores, no sería más que una fotocopia de la realidad con muy poca intención expresiva añadida. Así pues, usar lentes con huella antigua es solamente un recurso del cual me sirvo para expresar, desde la toma misma, algo de orden personal y emotivo dentro de mi punto de vista. Por supuesto que todos los que usen esos lentes en condiciones semejantes, también introducirán una huella similar en sus fotos, por lo que no se trata aquí de un asunto de originalidad, sino más bien de un elemento que se conjuga luego de forma diferente con otros aspectos que le sirven al fotógrafo para construir su particular punto de vista.