22.7.10

Paranoias

Tal vez fue porque ayer decidí salir con esa chaqueta color kaki llena de bolsas que nunca uso y que recuerda tanto a la de los soldados, tal vez porque estoy pelado al rape como un militar, o quizás porque tenía en mis manos una cámara vieja, que aunque minúscula y discreta, alguien con buen ojo observó y creyó digna de una burocracia equipada de artilugios con los que se fotografió la guerra del 48. O quizás fue por todas esas cosas juntas y otras que ni sospecho, el caso es que ayer, durante la pequeña manifestación frente al edificio de Correos en contra del permiso legislativo que dio luz verde a la entrada de los buques militares de Estados Unidos a nuestras aguas y de sus marines a nuestras tierras, me sucedió algo memorable como fotógrafo.

Mientras yo me paseaba furtivamente con mi cámara por aquí y por allá buscando algún rostro o situación interesantes que fotografiar al mejor estilo de la foto callejera, me di cuenta que uno de los organizadores de la actividad me miraba con insistencia de pies a cabeza. Yo sé que esa persona es un activista comprometido porque lo he visto en otras manifestaciones a las que he asistido. Luego de unos momentos durante los cuales no supe si él me miraba así porque era un viejo amigo al que yo ya había olvidado y le debiera un saludo, o porque le gustara o disgustara mi vestimenta o quizás porque fuera un gay con inclinaciones hacia los maduritos, noté que el activista se alejó en dirección de la tarima donde algunos trovadores se presentaban y alternaban con oradores inflamados que hacían peligrar la integridad física de los altavoces. Mientras uno de ellos arengaba al público y lanzaba consignas a favor de Juanito Mora y en contra la intervención yanqui, de pronto cambió su tono por uno más burlón y dijo que le habían informado que la policía nacional había filtrado un fotógrafo que se paseaba en civil tomando fotos de los participantes. Pero añadió con sorna que en todo caso él prefería que fuera un policía nacional y no un soldado gringo.

Por supuesto que yo no pude más que darme por aludido, no porque estuviera a sueldo de la policía sino justo por lo que había observado unos momentos antes. Sonreí en mi cabeza y me dije que realmente se respiraba ahí algún tipo de paranoia… A no ser que el paranoico fuera yo y efectivamente sí hubiera en el acto algún fotógrafo polizón. Sea como sea, después de eso yo ya estaba coloreado y no me sentí capaz de volver a disparar mi cámara… No fuera a ser que al día siguiente el periódico La Extra tuviera ocasión de colocar en primera plana un titular de estilo: “Falso fotógrafo linchado en pleno centro de San José por turba pacifista”.

2 comentarios:

Silvia Piranesi dijo...

jajajaja todo puede suceder en tiquicia

hubieras seguido tomando fotos! quién dijo miedo! poner cara de malo... susurrarle al reloj de mano...jaja

Quimera dijo...

jajaja, tenés toda la razón...