Ciega cobardía
A veces fotografío para ver luego con calma lo que no me atrevo a mirar bien de frente, es decir, a veces fotografío casi a ciegas y por cobardía.
Antiguo solar para mis veleidades literarias y fotográficas, actualmente dedicado a presentar reflexiones, documentos y curiosidades sobre la fotografía. En lo sucesivo, mis trabajos fotográficos podrán ser vistos en "Flickr", cuyo enlace presento enseguida.
A veces fotografío para ver luego con calma lo que no me atrevo a mirar bien de frente, es decir, a veces fotografío casi a ciegas y por cobardía.
“Para mí la mejor tecnología no es la que nos hace más eficientes, sino la que nos hace más felices” Genevieve Bell, antropóloga en tecnología (Es directora de interactividad y experiencia en Intel y fue nombrada una de las 100 personas más creativas en los negocios -aunque no sé cómo hacen para medir eso-).
Ahora que hay buenas cámaras para el gran público que hacen excelentes fotos a cadencias de 10 fps (10 “frames per second”… diez tomas por segundo, es decir, una buena metralleta), el mundo corre al abismo de una nefasta sobrepoblación fotográfica de la cual solo un “Big Brother” sería capaz de librarnos, lo que obviamente tampoco es una solución para aspirar a un mundo fotográficamente sostenible y equilibrado. Pero imaginemos, al menos un instante, el nombre de la ley que impondría un severo control de natalidad en esta orgía de imágenes: se llamaría “Ley 1 fpd” y obligaría a los fotógrafos a limitarse a una toma por día ("one frame per day"), lo cual seguramente nos llevaría a ser sumamente rigurosos con nuestras escogencias sobre qué fotografiar y también muy vigilantes con respecto a cómo hacerlo.
Pienso que un buen modo de alcanzar ese disciplina sin necesidad de que ningún malvado “Big Brother” venga a sojuzgarnos con ordenanzas tiránicas, sería practicar con esta otra forma de inofensivo "gran hermano", y que a mí personalmente me parece una genialidad:
Pero está bien, suponiendo que nada de lo anterior funcione ya sea porque soy muy mal abogado o porque los jueces son muy estrictos o bien ciegos, o la legislación muy tajante, aún tengo una as bajo la manga: el declararme “objetor de consciencia por razones religiosas, filosóficas y artísticas” (solo que a la inversa, porque en vez de ser una razón para no ir a la "guerra" más bien me lanza a ella... casi una guerra santa pues). Pero antes de pedir la absolución confesaré todo ante el juez… Admitiré que soy un “serial killer” haciendo fotos callejeras y en todo caso a menudo infrinjo la ley descaradamente al publicarlas en Flicker, lo cual no tiene otro propósito que el de dar a conocer mi obra que es un fin en sí y no, como podría suceder en una publicidad, un medio para comercializar otro producto o servicio. Para algunos retratos posados como es lógico sí pido permiso, aunque claro, es un asunto verbal y en realidad el permiso es para hacer la foto, sin abordar el tema de la publicación y mucho menos el de su posible comercialización como fotografía artística. Para las fotos espontáneas obviamente no pido ninguna autorización. Y no lo hago no solo porque entonces casi no podría hacer ninguna fotografía callejera, siendo entonces imposible documentar una parte importante de la realidad que nos circunda, sino también -y sobre todo- porque en mi fuero más íntimo estoy convencido de que el famoso derecho de imagen se fundamenta en una base conceptual y ontológica errónea: Sostengo contra viento, marea, juiciosas doctrinas de serios jurisconsultos, legislaciones restrictivas y turistas mexicanas fumadoras de habanos, que la imagen no pertenece a las personas sino a quien las ve y que se ha hecho una amalgama excesiva con el asunto del derecho a la intimidad. Mi propia imagen me pertenece solamente en el tanto me esté mirando en un espejo o me haga un autorretrato, de otro modo todo lo que la gente ve en mí no me pertenece en lo más mínimo. Además, la fijación de esa imagen gracias a la invención técnica que constituye la fotografía, no es sino un modo de dar una dimensión material a esa imagen que no le pertenece al sujeto fotografiado, sino al fotógrafo que la captura. Y si nuestra imagen no es nuestra, sino de otros… ¿En qué se fundamenta realmente el “derecho a la imagen”, sino en una excresencia del ego que se molesta porque la luz que se reflejó en su cuerpo fue capturada por alguien más? La doctrina jurídica dice que es en el “derecho a la intimidad”, pero la intimidad de la piel para afuera y en la calle me parece una pura entelequia. Resulta curioso que si usted es un personaje público, entonces ahí no tiene derecho a que su imagen sea protegida del mismo modo que si es "perico de los palotes". ¿Es solo en virtud de su estatus o porque en el fondo la doctrina del derecho a la intimidad no es tan consistente en lo que a la imagen se refiere? Podría dar incluso un paso todavía más allá con respecto al cual sé de previo que pocos me seguirán, si es que estuvieron de acuerdo con lo anterior: Estoy convencido, como budista consecuente que pretendo ser, de que en realidad la imagen no le pertenece a nadie en particular, sino al todo que formamos unos y otros. Si se comprendiera eso desde su raíz, nadie andaría preocupándose por el uso de su imagen, porque por otra parte nadie tendría intereses ilegítimos con respecto a ella y todos celebrarían lo que es invaluable en una fotografía acertada: la belleza de la captura, ese momento de luz irrepetible.
Sea como sea, el incidente con la turista no va a desmotivarme con respecto a la fotografía callejera. Todo lo contrario, seguiré haciéndola pero con mayor cuidado. Sencillamente me servirá de lección para afinar la lección de Cartier-Bresson… sí, disparar e irse cuanto antes… pero hacerlo lo más lejos posible (y en última instancia a otro país, si es que ya en el nuestro no se puede). De hecho después del incidente tiré como otras cinco fotos, siempre de personas en la calle. En cuanto a la foto de la turista… bueno… me faltó cancha. Luego pensé que debí haberle dado mi tarjeta para que viera mi trabajo, y que me mandara luego una dirección dónde enviarle su dichosa foto con el puro, porque si bien no es extraordinaria, creo que le hubiera gustado. Así que finalmente no pienso destruirla. Tras serena reflexión y a pesar de lo que le dije, encuentro que realmente no tengo por qué hacerlo, sobre todo porque ella me impidió hacer otra foto y se podría considerar que estamos a mano. Eso sí, espero publicarla tal vez dentro de unos cuarenta años, suponiendo que tanto la foto como yo lleguemos a edades avanzadas. Además, rezaré para que la turista pueda verla.
Quizás llegue entonces a mirar con nostalgia su juventud marchita y si su memoria aún se mantiene, tal vez se acuerde, viendo la foto, de aquel habano que se fumó en un mercado de artesanías en Costa Rica y de un fotógrafo impertinente que le tomó una foto sin su permiso y que para colmo no cumplió cuando dijo que destruiría el negativo… Estoy seguro de que la visión de esa imagen en blanco y negro realizará el milagro de que la turista perdone al fotógrafo y hasta de que le tenga cierto cariño por un delito que bien mirado desde las cumbres de sabiduría a las que -se supone- lo eleva a uno la edad, es casi un inofensivo juego que no hay que tomarse tan en serio. Ahora bien, ya si se enoja feo y hace un nuevo berrinche porque se publicó la foto, pues la verdad me daría pereza y estaría dispuesto a retirarla y pedirle disculpas de nuevo, porque a esas alturas de la vida ninguna foto o nada que venga a quitarle a uno la tranquilidad vale realmente la pena.
Pero déjenme decirles que el mal karma que eventualmente me pude haber ganado -y me podría aún ganar con todo esto-, considero que ya está saldado de alguna manera, porque unos minutos después de lo que he narrado, un policía de tránsito le quitó las placas a mi carro por haberlo estacionado en raya amarilla (¡un sábado!). Resultado: 200 dólares de multa y 10 puntos menos en el permiso de conducir de este fotógrafo abusivo y chofer irresponsable. Ahora ya sé lo que sentía Tres Patines cuando el tremendo juez de la tremenda corte lo multaba.
Cuando hablé con la turista, la verdad es que no me acordaba mucho de lo que había aprendido en las aulas de la facultad de derecho hace ya tantos años y solo recordaba vagamente que, según la legislación de nuestro país, había una excepción al derecho de imagen cuando se tratara de fotos tomadas en espacios públicos. Al regresar a la casa, busqué información en internet y me encontré una reciente tesis sobre el tema que me leí en sus partes más relevantes. Gracias ese estudio hoy tengo el tema más claro. El derecho de imagen en Costa Rica se establece y regula a través de las siguientes fuentes normativas:
A nivel constitucional: No hay protección constitucional directa. Solamente indirecta a través de una interpretación que entiende que el derecho a la intimidad del que habla el artículo 24 de la Constitución, incluye el derecho de imagen.
A nivel supra legal: Costa Rica ha firmado convenciones internacionales que protegen el derecho de imagen.
A nivel legal: Los artículos 47 y 48 del Código Civil consagran el derecho de imagen y sus excepciones.
A nivel jurisprudencial: Hay una serie de fallos de las cortes de justicia que establecen los alcances que tiene el derecho de imagen en nuestro país.
Lo que todas esas fuentes normativas establecen se puede resumir del siguiente modo, tal como fue lo hizo la Sala Constitucional en una sentencia:
1) Existe un derecho fundamental a la imagen derivado del derecho a la intimidad
2) Este derecho consiste en que no se puede captar, reproducir ni exponer la imagen de una persona sin su consentimiento.
3) La regla del consentimiento derechohabiente admite varias excepciones a saber:
a)las fundamentadas en los límites del principio de autonomía de la voluntad enunciadas en el artículo 28 de la Constitución Política -la moral, el orden público, el perjuicio a tercero- que evidentemente no pueden invocarse en abstracto, sino que deben atarse a una situación concreta, dándoles contenido,
b) La notoriedad de la persona o la función pública que desempeñe,
c) Las necesidades de justicia o de policía, y
d) Cuando tal reproducción se relacione con hechos, acontecimientos o ceremonias de interés público o que tengan lugar en público”.
El Código Civil, por su parte, establece con precisión dos excepciones al derecho de imagen que a mí me interesan particularmente:
I) Cuando medien fines científicos, didácticos y culturales, donde prevalece el interés general o el bien colectivo superior.
II) La concurrencia en lugares públicos, siempre que lo que se capte sea el espacio abierto y la imagen de la persona sea incluida por la coincidencia de la concurrencia en ese lugar y ese momento y no por sus características.
También la sala constitucional ha destacado esto: “para que una persona pueda invocar la vulneración a este derecho, debe existir una plena identificación de la persona presuntamente perjudicada, sea por su nombre o por su imagen”.
(aclaro que todos estos datos provienen de la tesis, así que si existiera alguna imprecisión habría que achacársela a la misma)
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Así las cosas, la turista que echaba humo (y no solo el de su habano) pudo efectivamente haberme demandado, pero de haberlo hecho seguramente habría sido algo bastante raro y quizás hasta novedoso, porque en nuestro país nadie suele armar un bochinche por salir en una foto callejera que no tiene ningún fin publicitario, sino uno puramente documental y artístico (es decir, cultural), y mucho menos si está ejecutada por un fotógrafo desconocido. Por otra parte, yo podría alegar que estaba fotografiando el espacio del mercado de artesanías y la turista quedó plasmada en la foto por coincidencia (aunque claro, semejante mentirilla sería solo para propósitos de defensa, exactamente como lo suelen hacer todos los abogados, que son o somos -aunque yo solo me gradué de bachiller en leyes- el gremio más mañoso sobre la faz de la tierra después de los políticos y seguido muy de cerca por el que integran ciertos fotógrafos). Además, para legitimar el estatus cultural del género fotográfico callejero, podría invocar ante el tribunal la importante doctrina técnica que existe (por ejemplo, la elaborada por el fotógrafo Chris Weeks) que conceptualiza la foto callejera como una forma de documentar parte de la condición humana (precisamente la que se manifiesta en los espacios públicos), lo que podría ser interpretado en última instancia como un “fin cultural donde prevalece un bien colectivo superior”. Una legislación que resultaría interesante a ese respecto como referente interpretativo es la alemana, la cual dispone que una foto puede ser publicada, aunque no haya sido encargada, “si sirve un interés artístico elevado”. Y por supuesto que ilustraría mi defensa con un diaporama compuesto por fotos de los grandes maestros(as) del género callejero o “street” como Cartier-Bresson, Ronis, Doisneau, Klein, Arbus, Eisenstaedt entre otros (as), piezas que hoy están en importantes museos alrededor del mundo y valen, sino miles, millones de dólares. Evidentemente ninguno de ellos pidió permiso para fotografiar a muchas de las personas que aparece en sus hoy célebres imágenes. Ahora bien, en éste género lo que se busca es captar a las personas en una situación que siempre es una particular situación geométrica o bien de luz o bien por su relación con otro elemento de la composición. Poco interesa al fotógrafo callejero el retrato en sí… es más, a menudo ni se reconocen los rasgos de una persona. La fotografía callejera es pues un arte de ver y registrar lo que ocurre en sitios públicos y no un arte de retratistas. Un verdadero fotógrafo callejero no se mete en la intimidad de un hogar, no persigue ni agrede con su cámara (como frecuentemente si ocurre con los paparazzi), no daña la vista con un flashazo, no manipula la imagen, no la desnaturaliza, no la vende a la publicidad, y trata de hacer todo de la forma más discreta posible… indolora si se quiere. Y en ciertos casos, si alguien se da cuenta de que ha sido fotografiado (como me ocurrió con la turista), ya ese solo hecho representa un pequeño fracaso para el fotógrafo callejero.
Por último redondearía mi alegato diciendo que como fotógrafo tengo derecho a la libertad de expresión y que el medio que utilizo para expresarme es precisamente la cámara, utilizada como instrumento de naturaleza artística. Esa sería pues una aplicación del límite al principio de autonomía de la voluntad configurado por el “perjuicio a un tercero” tal como lo establece la Constitución. Si yo me expreso a través de la fotografía con una intención artística ¿En qué medida un reclamo de otra persona no me estaría impidiendo esa expresión? ¿Por qué se le permitiría por ejemplo a los caricaturistas -que tantas veces se burlan de la gente- y se la negaría a los fotógrafos que no hacen más que fotografiar lo visible, tal como es, de modo objetivo, sin deformación o manipulación de ningún tipo? ¿Por qué se le negaría sobre todo a un fotógrafo que nunca ha buscado hacer fotos amarillistas, sino solo aquellas que tengan una intención dignificante o al menos neutra hacia las personas? Y para concluir mi alegato diría esto: “Su señoría… tal como está concebido el derecho a la imagen es algo decimonónico, que fue desarrollado en una época en que el mundo era muy diferente y mucho antes de la fundación de un verdadero género artístico como lo es la foto callejera…. Ya hablando en serio su señoría: ¿Qué sentido tiene ese derecho -del modo en que está formulado- en un mundo donde cada teléfono celular integra una cámara fotográfica y la gente está constantemente fotografiado otras personas, con o sin acuerdo y subiendo esas imágenes a las redes sociales? ¿Qué sentido tiene en una época donde hay miles de cámaras de seguridad públicas y privadas vigilando cada uno de nuestros movimientos y grabándonos sin nuestro consentimiento en cuasi permanencia? En mi humilde opinión, su señoría, este es un asunto que debe ser reinterpretado a la luz de nuestra época y del reconocimiento de la foto callejera como una expresión artística de mucho valor cultural, ya es tiempo” (seguirá).
El fin de semana pasado me ocurrió algo que nunca me había ocurrido hasta el momento. Estaba haciendo fotografías callejeras en un mercado de artesanías cuando observé una muchacha muy joven fumando un grueso habano. La escena me llamó la atención por lo particular que resultaba y decidí fotografiarla. Luego de esperar un rato a que ella estuviera en un ángulo propicio, levanté mi cámara y disparé. Todo ocurrió muy rápido porque tenía la cámara parametrada para hacer la toma de ese modo. Yo no vi que la muchacha se diera cuenta, pero aún así decidí hacer lo que recomendaba Cartier-Bresson: “disparar e irse cuanto antes”. Pero tampoco fui muy lejos, me alejé quizás unos 50 metros en dirección de una plaza. Ahí me detuve a observar otra escena que me llamó mucho la atención y cuando ya me disponía a fotografiarla, para mi gran sorpresa la muchacha del habano llegó por mis espaldas y me interrumpió preguntándome si podía ver la foto que acaba de hacerle. Le dije que lamentablemente no porque la cámara era analógica y entonces ella, sensiblemente disgustada, comenzó a decirme que me podía demandar por haberle hecho una foto sin su permiso. Yo le dije que no creía que eso fuera posible, puesto que estaba en un lugar público, pero aún así siguió con una letanía de reclamos diciéndome que había hecho muy mal, que debí haberle pedido permiso, que si se lo hubiera pedido habría aceptado con gusto. Comencé a sentirme como un paparazzi arrepentido mientras le explicaba que las fotos posadas a menudo no eran las mejores. Ella me dijo que sabía eso porque también sabía de fotografía, pero que de todas formas debí haberle pedido permiso e insistió en que tenía que destruir esa foto so pena de demanda. Ella tenía un acento extraño (como de gringa sin serlo completamente) y cuando picado por la curiosidad le pregunté de dónde era, ella me respondió que mexicana (raro… "será mexicana chicana” pensé sin ninguna intención peyorativa). Le dije entonces que en cada país la legislación era diferente y que en Costa Rica yo no creía que fuera posible establecer una demanda por esa causa. Como siguió insistiendo con lo del permiso, le pregunté entonces si ella esperaba que yo sacara el rollo de la cámara destruyendo igualmente las diez fotos anteriores que había hecho. Sin el menor asomo de compasión por mi trabajo me dijo que sí. Para quitarme de encima a la ofendida y seguir con mi trabajo (porque ya estaba perdiendo la estupenda escena que había visto), terminé disculpándome y diciéndole que en cuanto revelara la película destruiría su foto, pero que no esperara que yo fuera a asesinar mis otras fotos. Entonces ella dio media vuelta y se fue, pero ya era demasiado tarde: la escena que quería fotografiar ya no estaba ahí… la había perdido por la distracción que me causó la turista. Fue "una por otra" como suele suceder en esos casos. Sin embargo, el incidente me dejó pensando en el llamado “derecho de imagen”, pero dejo para el siguiente post mis reflexiones al respecto.
Las lentes como las personas tienen personalidad propia, una marca que algunos llaman su “huella”. Al igual de lo que ocurre con nuestros congéneres, trabajando con esas lentes se les llega a conocer bastante bien y logramos determinar cómo se desempeñan en diferentes tareas. La evolución técnica ha tendido siempre a presentar lentes cada vez más rápidos, de mayor resolución, mejor contraste, menos aberraciones, minimizando defectos varios y posibilitando funciones cada vez más avanzadas, tales como el motor para autofoco, el descentramiento o bien la posibilidad de enfocar a distancias cada vez más cortas o alcanzar focales más largas, entre otras. Sin embargo, es una evolución que en el fondo ha tendido a borrar la personalidad de las lentes. Por otra parte, el advenimiento de la fotografía digital, con su búsqueda de cada vez mayor resolución y limpieza en la imagen, sería como el otro pilar sobre el cual se ha diseñado y construido una plataforma tecnológico-estética para la fotografía contemporánea que tiene por valor cardinal la asepticidad... la pureza (porque no hay que olvidar el enorme impacto estético que tiene la tecnología en la practica artística fotográfica). Ciertamente para muchos fotógrafos el contar con este tipo de lentes que caminen sin dejar huella… casi que vuelen sobre un soporte digital que tampoco la deja, es lo ideal, porque les da luego la posibilidad de manipular la imagen con mayor libertad para conseguir algún efecto estético particular y de forma muy controlada, o bien de dejarla tal cual porque eso es lo que les place. Pero ello no quiere decir que esa libertad sea siempre lo más deseable (Esto sin contar con que en el fondo esa “pureza” es también, paradójicamente, una forma de dejar una marca que a mí en lo personal no me gusta en muchas fotos digitales). A menudo la huella de un lente puede ser usada con propósitos expresivos desde la toma: un “bokeh” particular, un viñeteo, un “glow”, una aberración esférica... Casi cualquier defecto o limitación de un lente puede emplearse para eventuales propósitos expresivos y entre mejor conozcamos como trabajan nuestros lentes en diferentes circunstancias, más seremos capaces de sacar provecho de sus características. Algunas de ellas se pueden imitar fácilmente mediante la aplicación de ciertos filtros de procesado informático en el caso de la fotografía digital, pero otros son difícilmente simulables por esos medios. Y si deseamos circunscribirnos de forma exclusiva al ámbito de la fotografía analógica (como natural y legítimamente puede ser deseado), entonces no contaríamos con esas herramientas.
A mí personalmente me gustan mucho algunos lentes de huella antigua como el Elmar y el Summitar de Leitz. Y los uso no tanto para expresar la nostalgia por la época en que la fotografía era “otra cosa” o para “hacer retro por hacer retro”, sino para aprovechar la particular sensación que crea esa huella como un recurso expresivo que manifieste quizás cierta melancolía que siento yo ante algunas escenas contemporáneas (especialmente callejeras), que al instante siguiente de tomar la foto son ya cosa del pasado. Igual podría decir del uso que hago, en parte, del blanco y negro analógico, porque ambos recursos (lentes con personalidad fuerte y blanco y negro analógico) se complementan maravillosamente bien. La misma escena fotografiada con una lente moderna, en digital y en colores, no sería más que una fotocopia de la realidad con muy poca intención expresiva añadida. Así pues, usar lentes con huella antigua es solamente un recurso del cual me sirvo para expresar, desde la toma misma, algo de orden personal y emotivo dentro de mi punto de vista. Por supuesto que todos los que usen esos lentes en condiciones semejantes, también introducirán una huella similar en sus fotos, por lo que no se trata aquí de un asunto de originalidad, sino más bien de un elemento que se conjuga luego de forma diferente con otros aspectos que le sirven al fotógrafo para construir su particular punto de vista.
En fotografía, como en la vida, a veces la diferencia entre mediocridad y excelencia se ve únicamente en muy sutiles características y gracias al conocimiento certero de los procesos que han llevado hasta la obtención de determinado resultado.
Si bien el uso de focales fijas en fotografía tiene el inconveniente de que a veces componer la imagen resulta más complicado porque ese tipo de ópticas son menos versátiles que los objetivos a focal variable, yo las prefiero, no solo porque en general se trata de lentes más luminosas, compactas y discretas, sino también porque siento que trabajando con ellas entra más vida a la imagen. Es decir, al no siempre poder componer con perfección, se introducen elementos de la realidad que hacen que la foto parezca más espontanea, más natural. Siempre y cuando no se reencuadre luego por supuesto.
Pero hay también una razón de peso para trabajar con focales fijas como el 50cm y el 35cm (sobre todo en disparos callejeros) y es que obligan de algún modo a estar más cerca de la gente. Eso es algo que humaniza la fotografía, que modela una relación más estrecha entre el fotógrafo y los sujetos fotografiados, convirtiendo el resultado en algo más digno, más intenso, más honesto.
Redondeando el tema de mis dos posts anteriores, por supuesto que muchas veces el uso de una óptica diferente al 50mm podrá estar determinado por la configuración espacial de la escena que vayamos a fotografiar, nuestras posibilidades de movilidad, o el particular “look” que queramos dar a la foto. Pero como ya dije antes: las fotos distorsionadas o aquellas con perspectivas demasiado alargadas o aplanadas no son realmente mi taza de té. El mundo que reflejo en mis fotos es el que mi ojo observa, no el que la cámara ve (aunque luego matizaré más ese tema). Todavía podría decir que reflejo lo que mi ojo mira a través del lente, pero como últimamente uso mucho una cámara telemétrica donde veo directamente la escena sin pasar por el objetivo, entonces no puedo decir eso tampoco.
Pero volviendo al tema del espacio, en situaciones donde éste juega un papel importante o muy restrictivo, es decir, en situaciones donde el espacio impone su ley, la otra óptica que me gusta mucho es el 35mm. Como muchas veces no ando, por razones de comodidad, el 50 y el 35 conmigo, las fotos que hago surgen entonces de mi preocupación por buscar situaciones donde pueda sacar el mejor provecho del lente que me acompañe en ese momento. Eso tiene la desventaja de que en ocasiones pierdo la posibilidad de hacer ciertas fotos, pero por otra parte tiene la ventaja de que puedo focalizar más la atención en situaciones propicias para explotar las posibilidades del lente. Es algo semejante a hacer una preselección de las posibilidades ofrecidas por lo visible.
No sé otros fotógrafos, pero yo trato de entrenar mi ojo para componer la imagen aún antes de mirar por el visor, trazando un encuadre mental dentro de un ángulo semejante al de la focal que utilizo. Esto me es especialmente útil para hacer foto callejera por dos razones: primero porque a menudo me ahorra instantes preciosos en lo que a rapidez de composición se refiere (algo generalmente muy importante en ese género de fotografía); y segundo porque me permite ser mucho más discreto, ya que habiendo compuesto de previo la imagen en mi cabeza y llegado el momento decisivo, sencillamente levanto la cámara, verifico rápidamente el encuadre (a veces ni eso) y hago el disparo. De ese modo muchas veces la gente que fotografío ni siquiera se entera, aunque estén muy cerca. En concomitancia con esta forma de trabajar, el uso de un objetivo de 50mm se revela sumamente ventajoso porque durante la fase de lo que podríamos llamar “pre-encuadre mental”, el ojo recorre más rápidamente el área que tendrá la imagen proyectada y por eso hay también mayor control de sus elementos. Esto es especialmente cierto comparado con las focales más cortas, donde el ojo tiene que hacer un recorrido orbital más amplio para controlar dichos elementos. Por esa razón pienso que se compone con mayor agilidad y precisión una imagen con una focal de 50mm y por ello también es mi preferida para los disparos callejeros. Además, con visores ópticos convencionales que reducen la escala de la imagen, el 50mm hace que ésta tenga una presencia o cercanía que no tiene la que se origina en el uso de focales más cortas, con lo cual es igualmente más fácil controlar sus elementos, sobre todo ciertos detalles en los márgenes. Y si se tiene la posibilidad de poder trabajar con un visor de relación 1:1 (como el que se encuentra en ciertas cámaras telemétricas), ni siquiera hay necesidad de cerrar un ojo para concentrarse más en lo que se va a encuadrar, porque la escala es igual que en la realidad. Esto conlleva la gran ventaja de que se pueden controlar aún mejor eventuales elementos perturbadores en los bordes del cuadro, o también anticipar ciertas entradas en el campo de la imagen.
Una fotografía no solo es una imagen, también es una relación entre el fotógrafo y su motivo (ya sea una persona, escena u objeto inanimado). La distancia que se permite el fotógrafo entre la cámara y aquello que fotografía no es cosa banal, sino algo digno de ser expresado en la fotografía misma y que tiene un hondo sentido informativo, emotivo y artístico. Por esa razón los reencuadres que se hacen durante el procesado y que tienen por único objeto, no tanto el reequilibrio de una composición o sacar del campo algún elemento perturbador, sino el acercamiento del motivo a la mirada, cerrando el ángulo de visión para dar la impresión de que hubo una mayor proximidad física entre fotógrafo y motivo, me parecen truculentos y mentirosos. Pecado particularmente imperdonable cuando se fotografían personas en fotos callejeras, ya que ahí la distancia expresa muchísimo, en particular el grado de respeto o bien de temor que le tiene el fotógrafo a esas personas (si es una cosa u otra suele sentirse en las propias fotografías). Confieso que yo mismo en alguna ocasión he cometido ese pecado, pero desde que reflexioné al aspecto y tomé consciencia de lo que implica artística y vivencialmente, no me lo permito. Además, para que el espectador de la foto tenga una idea suficientemente precisa de cuál es esa distancia, el trabajo con ópticas entre 35mm y 50mm es lo óptimo, ya que reproducen con bastante fidelidad (es decir, sin grandes distorsiones) el ángulo de visión del ojo humano, con la ventaja para el 50mm, de que su ángulo coincide aún más con el área que focaliza la mirada naturalmente, esto es, fuera del campo de visión periférica. Otra manifestación de esa fidelidad se da en el hecho de que ambas focales no falsean la impresión de profundidad, ya sea extendiéndola o bien aplanándola tanto como otras focales más cortas o más largas. Algo donde nuevamente el 50mm es más exacto. Así que trabajar con un 50mm es una gran opción para quien quiera expresar en sus fotografías no solo un motivo de forma fiel, sino también su particular relación al mismo. Parafraseando lo que dijo una vez Godard sobre los travellings en el cine, el uso de determinadas ópticas es un asunto no solamente técnico, sino también de moral… En definitiva, es un asunto de honestidad y no puramente fotográfica.
Dice Ken Rockwell en un artículo que recomiendo, que la palabra imagen viene de “imaginar” y que la cámara lo que hace es captar la propia imaginación. La fotografía sería pues, la concreción de esa capacidad más o menos demostrable que tenemos todos de producir imágenes mentales. Hasta ahí bien. Lo que a mí me parece importante precisar es que hay diferentes niveles y actores en este proceso: desde el fotógrafo que imagina todos y cada uno de los detalles de su foto, hasta fotógrafos que trabajan con elementos de la realidad y lo que imaginan son más bien encuadres, momentos, profundidades de campo etc. (es decir, todos factores que tienen que ver más con su destreza técnico-artística), dejando los demás elementos (objetos, personajes, texturas, luces, colores, etc.) a la imaginación, si así se le puede llamar, de lo real… A ese poder que tiene lo real de estarnos presentando continuamente combinaciones y más combinaciones de elementos diversos. En ese sentido, el fotógrafo callejero o quien hace fotografía documental sería más bien un coautor. Mucha de la belleza que puedan tener esos géneros fotográficos deriva de su trabajo conjunto y de ahí también mucha de su riqueza. Aunque evidentemente siempre es el fotógrafo quien escoge, dentro del material producido por lo real, aquello que quedará plasmado en una imagen. Es él quien da el aval definitivo a un determinado resultado y por ello también quien se gana el derecho a firmar la obra.
La fotografía como “acto cotidiano”, dijo una estimada amiga en su comentario al post anterior. Ella se refería seguramente al disfrute de su apreciación como espectadora, sin embargo es algo que aplica también, y con mayor razón, a los practicantes de este arte. Solo que ese acto no es necesariamente una ejecución, sino algo que puede ser abordado también como una reflexión. Reflexionar cotidianamente sobre la fotografía -entre otras cosas mirando imágenes- es muy recomendable porque es una buena forma de avanzar en el terreno artístico, aunque no todos los días se tenga la oportunidad de disparar una cámara.
Hay una especificidad estética en la fotografía digital, así como también hay una diferente en la fotografía analógica. En realidad no están en competencia y no se pueden confundir. Son tan solo procedimientos diversos con algunos principios en común. Hay fotos que solo se pueden hacer de modo digital, así como hay otras que solo se pueden lograr de manera analógica. Aunque también hay muchos casos en que poco importa con qué técnica se hagan, o bien en los cuales se pueden mezclar ambas técnicas de forma ventajosa. Pero menos frecuente es reconocer que el arte no solo está en el resultado sino también en el proceso mental, espiritual y técnico que lleva hasta él. Esto cualquier fotógrafo debería saberlo (aunque algunos parecen no haberlo entendido todavía). Más difícil es que el público lo sepa. Es ahí donde intervienen los estudiosos y los críticos, quienes deberían ser capaces de llevar luz hasta ellos -fotógrafos y público-, en caso de que lo ignoren.
La evolución tecnológica procede por capas… como manos de pintura que se van acumulando unas sobre otras, ocultando muchas veces lo que había y era excelso. Ahora lo digital es una capa que pretende hacer desaparecer de un brochazo la fotografía analógica. Pero no hay que olvidar que ésta posee un valor expresivo único y es por esa razón que muchas veces la fotografía digital tiende a simularla, pero solo se trata de eso, de una simulación. También el chocolate se simula con sabores artificiales, pero yo al menos me quedo con el verdadero. Además, ¿Cuántas veces no hemos visto en los procesos de restauración, que las nuevas capas de pintura se remueven para dejar a la vista la maravilla de un fresco oculto menospreciado?
Así que trabajar con procedimientos tradicionales es una reivindicación del valor de lo que está ahí, sigue vigente y no es simulado... ¡como un buen chocolate!
En general, el poder icónico al que me refería en el post anterior y que también está presente en la foto a color (no decimos que no), hace que las grandes imágenes sean consciente o inconscientemente muy imitadas, pasando así del ícono al cliché.
Cierto día alguien me preguntó por qué muchas de mis fotos eran en blanco y negro. Y yo di una respuesta muy sintética diciendo que era porque el blanco y negro tiene por lo general un mayor poder icónico. No sé si la persona lo entendió, ni si se entenderá aquí. Me refería al poder que tiene la fotografía monocroma de crear íconos memorables. Cuando nuestra mente piensa en una foto en color puede ser que recuerde algunos tonos, pero le es más difícil establecer todas las relaciones cromáticas, en cambio recordar una foto en blanco y negro de forma detallada es más simple, facilitando de ese modo que se creen íconos memorables cuya función es también forjar mitos fotográficos. Muchas de las fotos de Cartier-Bresson son de ese tipo y en parte es por ello que se le recuerda como uno de los más grandes fotógrafos de todos los tiempos. Si hubiera hecho esas mismas fotos en color, estoy casi seguro de que habrían pasado bastante desapercibidas. De hecho algunas veces trabajó en color, pero ¿quién recuerda esas fotos? Ahora bien, como las fotografías en blanco y negro son más fáciles de rememorar, paradójicamente también hay menos necesidad de verlas con frecuencia para tenerlas presentes. Quizás la máxima aspiración para una foto en blanco y negro sea la de lograr completa transparencia, siendo recordada por todos y no vista por nadie.
¿Qué diablos significa decir de una imagen: “es tan solo una fotografía”? Una fotografía es la traducción físico-química o bien electrónica de una vibración luminosa única e irrepetible. Si bien una fotografía es reproducible al infinito, el instante... el momento de luz, no lo es. La fotografía es pues el registro de algo que no volverá a suceder y en esa medida es valioso y entre mejor esté hecha, más valiosa será (y ya he dicho en otro post a qué me refiero con "valor"). Lo cual es también, si se quiere, un alegato en favor del trabajo de los fotógrafos profesionales (no necesariamente a favor de los precios que algunos practican), que con su presunta destreza deberían ser capaces de captar dicho momento del mejor modo.
Lo que le agradezco a la fotografía analógica es su naturalidad y transparencia (que por lo general es lo que prima en ella). Cuando miro una sé con bastante certeza qué es lo que sale de la cámara y cuál es el talento puro del fotógrafo. En cambio la fotografía digital es un terreno turbio y engañoso. Esta suele ser usada por todo un sector de artistas contemporáneos como una base a la cual sobreponen capas y capas de retoques "fotochopescos". A ellos no conviene tanto el calificativo de fotógrafos como el de “artistas visuales”, “artistas digitales”, "diseñadores" u otros semejantes.
Lo qué es muy insidioso de la fotografía digital desde un punto de vista puramente técnico, es que acostumbra al ojo a una perfección de la imagen que en algunos casos llega a ser completamente inexpresiva y muy aburrida.
La imagen no tiene por qué ser esa superficie impoluta y lisa a la que nos tiene tan acostumbrados la fotografía digital. Habría que dejar de lado esas pretensiones asépticas y reconocer también las virtudes estéticas de una imagen contaminada por el grano y la indefinición.
Luego de estar disparando un tiempo en analógico con una cámara completamente manual y mecánica, volver a disparar en digital se me hace sumamente fácil: nada de estar calculando preenfoques o de calcular la luz a ojo; nada de parametrar rápidamente la cámara aprendiendo de memoria combinaciones de diafragmas, focales, distancias, velocidades y sensibilidades; nada de entrenar los dedos a sentir cómo rota el anillo de un objetivo y saber a qué distancia está enfocando sin mirar la escala; nada de adivinar paralelajes, nada de no poder mirar numeritos y leds a través de un visor; nada de no poder imaginar cómo va a quedar la foto y de confiar en el instinto porque no hay cómo revisar el disparo; nada de andar midiéndose con el número de fotos hechas porque la película es cara y los rollos de poca capacidad; y por otra parte nada de andar revelando luego esa película con químicos malolientes en cuevas oscuras y teniendo que esperar para ello... No, nada de nada.
Lo único que encuentro muy retador de las cámaras digitales es tener que vencer el tedio de aprender a vigilar el nivel de las baterías y ponerlas a cargar a tiempo. El día que inventen y se popularicen las cámaras de energía solar o... eólica, serán perfectamente fáciles y aburridas.
Es falso que los fotógrafos actuales tengan que usar el medio digital para ser hijos legítimos de su época. La fotografía analógica es una conquista tecnológica y artística y como tal puede usarse legítimamente en cualquier momento, sin que tenga que verse a quien lo hace como una especie de dinosaurio.
La fotografía, que es una tradición impura (con elementos de recuerdo familiar, de periodismo, de documento científico, de proeza tecnológica y de simple entretenimiento por un lado pero con pretensiones artísticas por otro), a veces no entiende bien que en la historia del arte los procedimientos y los estilos artísticos no caducan. Por ello es que después la fotografía se sigue haciendo hiperrealismo al óleo, y después de la invención del acrílico se sigue también usando el óleo. Así, hacer fotografías con placas de colodión húmedo no será muy usual, pero es perfectamente vigente y digno. Lo mismo que hacer fotografía con película. Solo los muy necios y los muy arrogantes dan por muerta la fotografía analógica y pretenden documentar sus honras fúnebres con una cámara digital.
¿Qué tanto confiás en tu cámara? Yo no mucho en la(s) mía(s), lo confieso. Pero eso no significa que no esté muy agradecido con sus prestaciones. Algunas veces me falla en momentos clave, pero ¿habrá una cámara que no lo haga? Ningún aparato es perfecto y tampoco lo son nuestras reacciones. ¿Cuántas veces no nos damos cuenta después que pudimos haber tomado una determinada foto de forma más provechosa sencillamente cambiando la focal, o nuestro ángulo, o encuadrando diferente, o con otra velocidad u otra apertura? Dichosamente la fotografía sigue siendo un asunto humano, lleno de aciertos y errores, de conquistas e imperfecciones… y eso es precisamente lo que la hace hermosa y valiosa.
Entre más posibilidades técnicas y parámetros tenga una cámara más tenderemos a revisarlos antes de tomar una foto. El resultado es que dejamos de prestar atención a lo que vamos a fotografiar para prestársela a la cámara. Por eso una cámara simple pero de calidad será lo mejor siempre. Tal vez no haga fotos tan perfectas técnicamente, pero nuestras fotografías tendrán mayores posibilidades de ser interesantes.
Tal vez fue porque ayer decidí salir con esa chaqueta color kaki llena de bolsas que nunca uso y que recuerda tanto a la de los soldados, tal vez porque estoy pelado al rape como un militar, o quizás porque tenía en mis manos una cámara vieja, que aunque minúscula y discreta, alguien con buen ojo observó y creyó digna de una burocracia equipada de artilugios con los que se fotografió la guerra del 48. O quizás fue por todas esas cosas juntas y otras que ni sospecho, el caso es que ayer, durante la pequeña manifestación frente al edificio de Correos en contra del permiso legislativo que dio luz verde a la entrada de los buques militares de Estados Unidos a nuestras aguas y de sus marines a nuestras tierras, me sucedió algo memorable como fotógrafo.
Mientras yo me paseaba furtivamente con mi cámara por aquí y por allá buscando algún rostro o situación interesantes que fotografiar al mejor estilo de la foto callejera, me di cuenta que uno de los organizadores de la actividad me miraba con insistencia de pies a cabeza. Yo sé que esa persona es un activista comprometido porque lo he visto en otras manifestaciones a las que he asistido. Luego de unos momentos durante los cuales no supe si él me miraba así porque era un viejo amigo al que yo ya había olvidado y le debiera un saludo, o porque le gustara o disgustara mi vestimenta o quizás porque fuera un gay con inclinaciones hacia los maduritos, noté que el activista se alejó en dirección de la tarima donde algunos trovadores se presentaban y alternaban con oradores inflamados que hacían peligrar la integridad física de los altavoces. Mientras uno de ellos arengaba al público y lanzaba consignas a favor de Juanito Mora y en contra la intervención yanqui, de pronto cambió su tono por uno más burlón y dijo que le habían informado que la policía nacional había filtrado un fotógrafo que se paseaba en civil tomando fotos de los participantes. Pero añadió con sorna que en todo caso él prefería que fuera un policía nacional y no un soldado gringo.
Por supuesto que yo no pude más que darme por aludido, no porque estuviera a sueldo de la policía sino justo por lo que había observado unos momentos antes. Sonreí en mi cabeza y me dije que realmente se respiraba ahí algún tipo de paranoia… A no ser que el paranoico fuera yo y efectivamente sí hubiera en el acto algún fotógrafo polizón. Sea como sea, después de eso yo ya estaba coloreado y no me sentí capaz de volver a disparar mi cámara… No fuera a ser que al día siguiente el periódico La Extra tuviera ocasión de colocar en primera plana un titular de estilo: “Falso fotógrafo linchado en pleno centro de San José por turba pacifista”.
How to break your 5D in a second from Agua on Vimeo.
Este video muestra como un láser puede fulminar el sensor de una costosísima cámara en una fracción de segundo. Cuidado pues con las discomóviles que suelen usar ese tipo de luces, así como los ambientes de discotecas y semejantes.
Tal vez habría que volver a pensar, como pensaba Cartier-Bresson, que la fotografía no es ningún arte, sino simplemente una artesanía. Pero ¿Qué otra artesanía nos ha contado la historia del mundo tal como lo ha hecho la fotografía desde hace casi dos siglos?
La cámara es para mí como una red para cazar azares, o si se quiere, como un revolver que nunca sé cuando tendré que desenfundar. Ando con ella no porque tenga una idea precisa de lo que voy a fotografiar (en este sentido mis fotografías no son nada intelectuales), sino para tener un instrumento a mano que me permita capturar algunas cosas o situaciones que eventualmente llamen mi atención, sin haberlas realmente buscado. Entonces puedo definir la mayor parte de mi trabajo fotográfico como una práctica artística cuya materia es lo espontaneo y lo azaroso.
En una fiesta de cumpleaños algunos mayores comienzan, con cierta dificultad, a sacar fotos con sus celulares de última generación. Uno de ellos rememora la época de las cámaras analógicas (como si ya no existiera ninguna o nadie las usara) y para evidenciar lo primitivas que eran cuenta divertido lo que le ocurrió cierta vez cuando en el momento más importante de algún evento se le acabó el rollo. Claro, a mí también me pasó alguna vez algo semejante, pero también me ha sucedido con cámaras digitales que se me va la pila o se me llena la tarjeta en el momento importante. Toda técnica tiene sus limitaciones particulares. Preverlas ayuda a superarlas. Con mi vieja cámara analógica y completamente mecánica, al menos no tengo que pensar en las pilas, solo en ponérmelas yo.
En el universo analógico las películas expiran, en el digital son las cámaras y lo peor es que no traen fecha de caducidad, sin embargo justo es reconocer que todo eso empezó con las cámaras desechables en los años 70… una herejía ecológica que aún hoy día continúa camuflada de novedad o con esa idea de que hay que trabajar con lo último para poder ser competitivo, idea que los fabricantes en general se encargan de justificar e inculcar haciendo equipos relativamente poco duraderos o bien insistiendo sobre mejoras mínimas que en el fondo no aportan mayor cosa.
Continuando un poco con el tema del post anterior: En el mundo laboral cierta vez me tocó lidiar con un cliente que pedía ver las fotos conforme las iba tomando. Un fotógrafo profesional que trabaje en digital debe, con mucho tacto, evitar eso porque se arriesga a que en el acto comiencen las críticas sobre aspectos poco pertinentes. Lo mismo aplica cuando el cliente pide ver por el visor de la cámara antes de hacer la foto. Dichosamente con mi telemétrica analógica no hay peligro de que eso ocurra porque la uso de forma completamente egoísta, al punto que una vez alguien me preguntó si la alquilaba y no dudé un segundo en decirle que no. Además, no hay “quite”, siempre seré yo el primero en ver el resultado de un negativo.
Alguien que viaja mucho alaba la maravilla de la fotografía digital diciéndome que puede ir a la playa y tomar trescientas, quinientas, mil fotos. Sonrío sin atreverme a preguntarle cuántas de esas mira o miran después o si tiene tiempo para tal cosa. Por supuesto que esa persona ni siquiera se plantea la cuestión del procesado.
Eso me recuerda un dicho popular que, para describir a los glotones, postula que esas personas "tienen los ojos más grandes que el estómago". Pues bien, también hay una glotonería fotográfica digital que consiste en tener los ojos más grandes que el tiempo... y el interés... o dicho de otro modo: "tener los ojos más grandes que la mirada".



Abracadabra ojo de cabra, dura materia vendanse la fotito en la feria...
Esta es otra "iphonegrafía". "El negro" es un un operario muy competente. Su nombre verrdadero no lo sé, pero hasta el mismo se hace llamar así. Ayer al anochecer lo vi sacándole chispas al metal. Me gustó la imagen... y de nuevo... no andaba otra cámara más que la del celular.
Dicen que la mejor cámara es la que uno lleva con uno. Hoy comprobé esa afimación cuando vi ésta escena y la única cámara que tenía a mano era la de mi Iphone. He aquí, pues, la primera "iphonegrafía" de este blog.

En estas vistas se aprecia como quedaron las dos alas del área de recepción del edificio Tapantí. Algunas fotos son macros de pequeños detalles del bosque, mientras que otras son más bien de género paisajístico. Para dar una mejor idea de las dimensiones reales de la foto de la cascada que se observa arriba (foto vertical pero que se ve algo achatada por la perspectiva), he de decir que mide 2 metros de alto por 1.40 de ancho. Esas son las mismas dimensiones que tiene la máscara indígena que se ve en la siguiente foto.

Tanto la foto anterior como la siguiente, muestran el área de recepción del edificio Térraba. Aquí la idea era jugar más con el componente humano (y no tanto con el natural, como en el caso del edificio Tapantí), ya sea a través de la representación de medios o vías de transporte en relación con el río Térraba, así como de elementos de las culturas autóctonas de esa zona (a veces utilizando imágenes de artesanías con elementos circulares, las cuales remiten metafóricamente a las características esferas de piedra del Diquis).

Realmente todo el proceso de producción de estas fotografías, desde las reuniones iniciales para discutir el proyecto, hasta su colocación, pasando por los viajes que tuve que emprender para tomarlas, fue muy satisfactorio y lleno de grandes enseñanzas, puesto que yo nunca antes había trabajado en formatos tan grandes y mucho menos sobre lienzo. Agradezco mucho a quienes me encargaron este trabajo la confianza que depositaron en mí. Espero que el resultado esté a la altura de sus expectativas y de la hermosa oportunidad que me brindaron.
Por último, deseo agradecer a la "Galería Inés Gutiérrez" por hacer posible el inicio de esta aventura, y en especial a "JBP Professional Photo Makers" y a "Reyma S.A." por toda la ayuda brindada para la impresión y el tensado de las telas.
Street Photography: Documenting the Human Condition - Part One of Three from Chris Weeks on Vimeo.
Si está libre el 27 de agosto a las 7 de la noche, déjese caer a Ecole Experience (300 Norte y 25 oeste del Centro Cultural Costarricense Norteamericano en Barrio Escalante). Ese día tendrá lugar la inauguración de mi primera exposición individual de fotografía denominada "Cuadrante Sur". La muestra se compone de 40 fotografías cuyo tema es la vida en los barrios del sur de la capital. En realidad se trata de una doble inauguración, ya que a través del mismo acto Ecole Experience estará lanzando Yar Burba, su nueva tienda-galería alternativa (Yar Burba significa en lengua cuna "espíritu de la tierra").
Ya hoy muchos fotógrafos ni lo consideran, pero la decisión de tomar una foto en digital o en analógico, es tan importante, artísticamente hablando, como la elección de un formato de cuadro, de un encuadre, de una focal, de una apertura, de una velocidad, de un ISO o de cualquier otro aspecto que tenga un impacto directo en la forma en que una imagen va finalmente a ser vista. Ahora muchos fotógrafos se van directamente a lo digital ya sea por facilidad, por economía (que tampoco es tan clara), por pereza, desconocimiento, miedo o porque sienten que no les queda otra opción, cuando deberían procurar, por todos los medios a su alcance, crearse la posibilidad de poder trabajar también en analógico como un medio de extender su gama expresiva.
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Tengo la impresión de que la fotografía en blanco y negro es más sintética, más precisa, más directa y que por lo general tiene más fuerza que la fotografía en color. Pero también me parece que en cierto sentido miente más, ya que el mundo no es en blanco y negro… Aunque ahora que pienso en las saturaciones extremas y en los cambios de tono tan usuales en la fotografía en color, ya no estoy tan seguro y se me ocurre que en el fondo quizás el blanco y negro sea también el hueso de la verdad (a pesar de que pueda sufrir algún grado de osteoporosis).
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Asimilar una foto en blanco y negro digital a una foto en blanco y negro químico es como asimilar un acabado de madera sintético a un verdadero acabado en madera. Se parecen claro, pero no son lo mismo. Por supuesto que esto no prejuzga de la calidad artística del resultado porque así como hay escultores en madera chambones que no producen buenas obras, los hay en materiales sintéticos que hacen maravillas.
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Una fotografía digital que busque, mediante la aplicación de filtros y otras técnicas informáticas, parecerse a lo que se obtiene con determinadas películas y técnicas de procesado químico, es como pretender pintar un óleo por medio de una computadora. Hay cosas que copiadas resultan sencillamente pobres y hay una especificidad de los resultados técnicos que únicamente se obtienen por la puesta en práctica de los procesos históricos que sirvieron para lograrlos y que nos sirven de referencia. Por supuesto que hay una zona de confluencia -como la creada por dos círculos que se intersecan-, donde las características de uno y otro tipo de fotografía se parecen tanto que da igual, o es muy poco relevante, con qué técnica se hagan.
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Ciertamente la fotografía es geometría como pensaba Cartier-Bresson, pero no solo compuesta de líneas y volúmenes, sino también de luces y sombras. Y en el caso de la fotografía en color, de una arquitectura de diversos matices
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Con las cámaras de video que hacen fotos el “momento decisivo” se ha dilatado y se podría medir en algunos casos en varios segundos e incluso minutos. Sin embargo, no solo hay "momentos decisivos", sino también "lugares y encuadres decisivos”. Para ésto no hay "metralleta fotográfica" que valga, solo el talento del artillero.
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Hay tal cantidad de fotógrafos ametrallando con sus cámaras debido a la dificultad que tienen para encontrar “el momento decisivo”, que ahora entiendo bien porque las cámaras fotográficas se han convertido en cámaras de video que hacen fotos. Si uno tiene claro lo que busca no hay necesidad de disparar ninguna ráfaga. Una o dos exposiciones son suficientes… pero en el momento justo.
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Hay quienes piensan que la fotografía debe ser un guante de boxeo. Yo no creo que eso tenga que ser necesariamente así. Puede también ser uno de seda, capaz de provocar las más delicadas emociones... de hecho es lo que prefiero y por razones análogas trato de usar la cámara como un discreto periscopio para asomarme al mundo, no como un bazuca disparando a quemaropa. Por lo demás, nada más elegante que una bofetada con un guante de seda.
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¿Habrá algo más hermoso en el universo de la fotografía, y desde un punto de vista técnico, que una diapositiva bien expuesta? No creo, nada la ha superado, ni siquiera la prepotente tecnología digital a alcanzado la delicadeza y amplitud de gama tonal, ni la profundidad cuasi tridimensional de una diapositiva. O que me lo demuestren porque yo no he visto la prueba. Pues bien, hace poco me enteré que el único laboratorio en nuestro país que revelaba diapositivas dejó de hacerlo desde el año pasado. ¡Qué tristeza! Me asombra ver como en algunas ocasiones la gente renuncia a la calidad de forma tan dramática…. Si al menos alguna vez hubieran visto a través de un "viewmaster"… o tal vez ya lo olvidaron.... o quizás simplemente no los impresionó... subestimamos tantas cosas buenas.
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Autofoco, detector de rostros, video del cual se pueden extraer fotogramas, automatización a ultranza. Todas y cada una de las conquistas tecnológicas que inciden sobre el mejoramiento de la calidad de una fotografía deberían excluirse como criterios de evaluación del trabajo de un fotógrafo, porque el talento que antes este requería para obtener buenos resultados pasó a manos de los ingenieros constructores. Es decir, los fotógrafos que aún pretenden ser reconocidos por esas calidades defienden un concepto obsoleto. Lo único que aún define verdaderamente a un fotógrafo es lo que ya decía antes y que se resume a esto: el punto de vista, lo que incluye tanto aspectos formales como conceptuales.
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Con cámaras que disparan ráfagas de 10 o más fotos por segundo ya “el momento decisivo” pierde protagonismo. Lo que recupera valor es lo que siempre estuvo ahí, pero devaluado por la tiranía del instante: el punto de vista, dónde estás parado, cómo construyes tu imagen, qué ingredientes pones en ella... Todos sólidos valores forjados por la tradición pictórica de la cual la fotografía es legítima heredera.
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El mundo no tiene ninguna necesidad de la fotografía (en ese sentido es totalmente inútil), pero la fotografía vive de él. Es un gran amor no correspondido… una tragedia romántica.
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Algo muy hermoso de la fotografía es lo que podría llamar su transparencia, el hecho de que ninguno de los miles de millones de clichés que se han tomado, ha detenido jamás el movimiento real del mundo, dejando su "virginidad fotogénica" intacta, como si el acto fotográfico jamás hubiera existido.
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Para mí el amor a la fotografía no es solo amor a la imagen, sino también a nuestro entorno y a la maravillosa tecnología que logra inmortalizarlo.
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Así como tener un bolígrafo en la mano no nos convierte en Borges, en Fuentes o en Cortázar, tampoco tener un camarita en el teléfono nos transforma en Sebastiao Salgado o en Robert Doisneau. Pero lo mismo aplicaría si tuvieramos un Mont Blanc o una Leica (a propósito de que "hoy todos somos fotógrafos").
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La búsqueda de la originalidad en la fotografía no reside tanto en el invento de nuevas estéticas, cosa que me parece ampliamente explorada y agotada, sino más bien en la captura eficaz y atractiva de instantes siempre inéditos e irrepetibles.
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La belleza o fealdad de un tema es irrelevante en fotografía, lo que importa es la belleza de la captura.
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Una buena foto comienza con una perturbación de la mirada.